miércoles 31 de octubre de 2007
Tierra. La película de nuestro planeta.

Pues ya la he visto. Definitivamente, era lo que me esperaba. A cualquiera que le guste la naturaleza, a cualquiera que se emocione cuando ve una manada de búfalos o una bandada de pájaros ya le digo que no puede perderse esta película-documental.
Varios momentos quedan en mi retina ya para siempre:
- La persecución a 1.000 fotogramas por segundo del guepardo a la gacela.
- La imagen de las cascadas con la música... impresionante.
- La persecución del lobo al pequeño caribú.
- El tiburón blanco cazando.
- La osa dando de mamar a sus pequeños.
- Los leones atacando a los elefantes en la oscuridad.
- ...
Son tantas las imágenes y los momentos que recoge el documental que podría estar escribiendo situaciones y escenas durante horas y horas. Con ello no lograría ni por un instante que sintáis lo que he sentido yo durante casi dos horas de espectáculo visual y sonoro. No sé si aguantará una semana más en cartelera... pero sí sé que es una ocasión única para disfrutar de imágenes increíbles de nuestro planeta en el cine... con una imagen gigante y un sonido increíble. Qué guapo.
Un saludo nenes.
PD. Es la primera vez en mucho tiempo que voy solo al cine. Qué sensación más rara. Algún día intentaré describirla.
Varios momentos quedan en mi retina ya para siempre:
- La persecución a 1.000 fotogramas por segundo del guepardo a la gacela.
- La imagen de las cascadas con la música... impresionante.
- La persecución del lobo al pequeño caribú.
- El tiburón blanco cazando.
- La osa dando de mamar a sus pequeños.
- Los leones atacando a los elefantes en la oscuridad.
- ...
Son tantas las imágenes y los momentos que recoge el documental que podría estar escribiendo situaciones y escenas durante horas y horas. Con ello no lograría ni por un instante que sintáis lo que he sentido yo durante casi dos horas de espectáculo visual y sonoro. No sé si aguantará una semana más en cartelera... pero sí sé que es una ocasión única para disfrutar de imágenes increíbles de nuestro planeta en el cine... con una imagen gigante y un sonido increíble. Qué guapo.
Un saludo nenes.
PD. Es la primera vez en mucho tiempo que voy solo al cine. Qué sensación más rara. Algún día intentaré describirla.
Etiquetas: Mi mundo
lunes 29 de octubre de 2007
El Faro de Alejandría (III)
Como al final me he extendido un pelín más de la cuenta, no cierro el relato en esta entrada aunque ya lo tengo terminado, con el fin de no dejar un tochaco. De todas formas, como ya está terminado, esta misma semana colgaré el desenlace. Aquí va la tercera y (ahora sí) penúltima entrega.
A través de los barrotes se escapaban todos mis anhelos de libertad, mis sueños, mis esperanzas, la búsqueda de mi identidad y del Faro de Alejandría. Conté las noches y los días, pero perdí la cuenta. Durante las frías noches de invierno, me acurrucaba en un rincón, buscando algo de calor y lloraba hasta la llegada del día. Con el paso del tiempo me quedé sin lágrimas pero dentro de mí seguía sintiendo una profunda opresión. Pensé en el mar, en el cielo, en las aves y en mi pequeña embarcación, durante horas, días y meses no pensé en otra cosa que no fuera la brisa marina y el color rojizo del cielo en un atardecer.
Al final, dejé de soñar con mi libertad pasajera y casi como en una pesadilla, me adentré en mi realidad. Una realidad de piedra, humedad y acero, de oscuridad y silencio, de tortura infinita. En mis meditaciones, a veces viajaba sobrevolando el mar y siempre, o casi siempre, salía de mi estado de sosiego cuando me acercaba a la costa. Un faro enorme, brillante y majestuoso iba cobrando forma. No tenía dudas, era el Faro de Alejandría. El sol era cálido, el cielo azul y el mar estaba en calma. A cada metro que me acercaba, más maravilloso me parecía el faro y más impresionado quedaba por la silueta de la ciudad alejandrina sobre la línea de la playa. Justo en el momento en el que atravesaba el muro, me topaba con un soldado, un guardia del Faro de Alejandría que se asustaba por mi presencia y se situaba en posición de defensa con su lanza de acero apuntándome al corazón.
Pensé (y pienso) mucho sobre esta visión pero nunca he llegado a una conclusión. Quizá sea una revelación sobre el destino de mi misión, o una advertencia de lo que podría ocurrirme, también he especulado con la posibilidad de que no sea más que un producto de mi imaginación que atormentada entre las piedras y los barrotes buscaba una salida hacia la libertad y hacia el cumplimiento de mi misión.
Pero lo más extraño, estaba por llegar. El día de mi liberación se presentó por sorpresa. Mi situación me había hecho entrar en un círculo paranoico del que no podía escapar. Entre mis pensamientos más oscuros llegué a creer que mi existencia no era real, que yo estaba siendo soñado por alguien y que ese alguien era el guardia del Faro de Alejandría, que en sus largas noches de soledad me había encontrado en la nada y me había dado esta vida. También creí ser Dios e invoqué a las aguas y al viento, al sol y a la Tierra para que me liberaran y cuando proferí un alarido para llevar a cabo mi amenaza, el suelo empezó a moverse y un estruendo ensordecedor lo cubrió todo. En pocos segundos, mi cárcel había sido destruida y a mi alrededor sólo podía distinguir la catástrofe de una ciudad a lo lejos envuelta en llamas. En el horizonte, varias montañas escupían bocanadas de fuego y humo y yo elegí tomar el camino contrario. El azar, el destino o la suerte me llevaron hasta la playa. En ella había un pequeño puerto con unas pocas embarcaciones entre las cuáles estaba la mía. No reparé (ahora lo hago) en la multitud de personas que iban de un lado para otro, todas ellas con quemaduras y con heridas. Sin detenerme llegué hasta mi embarcación, monté en ella y me escapé de aquel lugar lo más deprisa que pude. Había recuperado mi libertad.
A través de los barrotes se escapaban todos mis anhelos de libertad, mis sueños, mis esperanzas, la búsqueda de mi identidad y del Faro de Alejandría. Conté las noches y los días, pero perdí la cuenta. Durante las frías noches de invierno, me acurrucaba en un rincón, buscando algo de calor y lloraba hasta la llegada del día. Con el paso del tiempo me quedé sin lágrimas pero dentro de mí seguía sintiendo una profunda opresión. Pensé en el mar, en el cielo, en las aves y en mi pequeña embarcación, durante horas, días y meses no pensé en otra cosa que no fuera la brisa marina y el color rojizo del cielo en un atardecer.
Al final, dejé de soñar con mi libertad pasajera y casi como en una pesadilla, me adentré en mi realidad. Una realidad de piedra, humedad y acero, de oscuridad y silencio, de tortura infinita. En mis meditaciones, a veces viajaba sobrevolando el mar y siempre, o casi siempre, salía de mi estado de sosiego cuando me acercaba a la costa. Un faro enorme, brillante y majestuoso iba cobrando forma. No tenía dudas, era el Faro de Alejandría. El sol era cálido, el cielo azul y el mar estaba en calma. A cada metro que me acercaba, más maravilloso me parecía el faro y más impresionado quedaba por la silueta de la ciudad alejandrina sobre la línea de la playa. Justo en el momento en el que atravesaba el muro, me topaba con un soldado, un guardia del Faro de Alejandría que se asustaba por mi presencia y se situaba en posición de defensa con su lanza de acero apuntándome al corazón.
Pensé (y pienso) mucho sobre esta visión pero nunca he llegado a una conclusión. Quizá sea una revelación sobre el destino de mi misión, o una advertencia de lo que podría ocurrirme, también he especulado con la posibilidad de que no sea más que un producto de mi imaginación que atormentada entre las piedras y los barrotes buscaba una salida hacia la libertad y hacia el cumplimiento de mi misión.
Pero lo más extraño, estaba por llegar. El día de mi liberación se presentó por sorpresa. Mi situación me había hecho entrar en un círculo paranoico del que no podía escapar. Entre mis pensamientos más oscuros llegué a creer que mi existencia no era real, que yo estaba siendo soñado por alguien y que ese alguien era el guardia del Faro de Alejandría, que en sus largas noches de soledad me había encontrado en la nada y me había dado esta vida. También creí ser Dios e invoqué a las aguas y al viento, al sol y a la Tierra para que me liberaran y cuando proferí un alarido para llevar a cabo mi amenaza, el suelo empezó a moverse y un estruendo ensordecedor lo cubrió todo. En pocos segundos, mi cárcel había sido destruida y a mi alrededor sólo podía distinguir la catástrofe de una ciudad a lo lejos envuelta en llamas. En el horizonte, varias montañas escupían bocanadas de fuego y humo y yo elegí tomar el camino contrario. El azar, el destino o la suerte me llevaron hasta la playa. En ella había un pequeño puerto con unas pocas embarcaciones entre las cuáles estaba la mía. No reparé (ahora lo hago) en la multitud de personas que iban de un lado para otro, todas ellas con quemaduras y con heridas. Sin detenerme llegué hasta mi embarcación, monté en ella y me escapé de aquel lugar lo más deprisa que pude. Había recuperado mi libertad.
Etiquetas: Relatos
viernes 26 de octubre de 2007
Otras labores...
Poco más se puede decir que añada algo a lo que muestran las imágenes. En la tele, nuestro trabajo nunca se ciñe a una función concreta y rutinaria. Tenemos la suerte de que cada día es diferente... asumimos nuevos retos y nos encontramos, como es el caso, con algo muy divertido y entretenido.
Para la promo de deportes de la Gala de 7 Región de Murcia nos propusieron una especie de 'sketch' en el que los redactores de la cadena interveníamos en un partido con los jugadores del Real Murcia. A mí me tocó formar parte de la barrera en un lanzamiento de Iván Alonso.
La verdad es que lo pasamos genial y el resultado creo que fue gracioso. Si consigo el vídeo, os lo cuelgo... de momento, os planto dos foticos para que os hagáis una idea...

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Por si había alguna duda... Iván Alonso marcó...
PD. Si pincháis las fotos, se ven a tamaño gigante...
Para la promo de deportes de la Gala de 7 Región de Murcia nos propusieron una especie de 'sketch' en el que los redactores de la cadena interveníamos en un partido con los jugadores del Real Murcia. A mí me tocó formar parte de la barrera en un lanzamiento de Iván Alonso.
La verdad es que lo pasamos genial y el resultado creo que fue gracioso. Si consigo el vídeo, os lo cuelgo... de momento, os planto dos foticos para que os hagáis una idea...
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Por si había alguna duda... Iván Alonso marcó...
PD. Si pincháis las fotos, se ven a tamaño gigante...
Etiquetas: Periodismo
miércoles 24 de octubre de 2007
Las pequeñas cosas de la vida
Esta promo me encantó desde el primer día que la vi. Sé que es una chorrada, pero me gusta mucho porque casi sin querer plantea la forma en la que tenemos que afrontar los pequeños grandes problemas de la vida. Una sonrisa y una canción...
Los que me conocen saben que soy un optimista empedernido y por eso me gusta disfrutar de las pequeñas cosas de la vida, de esos mínimos detalles que construyen nuestra existencia y nos hacen sentir mejor. A mí este anuncio me arranca un sonrisa y por eso me apetece compartirlo con vosotros...
Un saludo, gente.
Los que me conocen saben que soy un optimista empedernido y por eso me gusta disfrutar de las pequeñas cosas de la vida, de esos mínimos detalles que construyen nuestra existencia y nos hacen sentir mejor. A mí este anuncio me arranca un sonrisa y por eso me apetece compartirlo con vosotros...
Un saludo, gente.
Etiquetas: Mi mundo
lunes 22 de octubre de 2007
La magia de la Tierra
No suelo hablar de las película que no he visto, más bien todo lo contrario pero esta semana quiero avisar de un estreno que no puede pasar desapercibido. La proyección del documental 'Tierra, la película de nuestro planeta' es una oportunidad de oro para ver en la gran pantalla y con un sonido bestial imágenes que normalmente nos quedan acotadas a la pequeña pantalla.
Con un presupuesto impresionante y con un trabajo de cinco años el resultado, a tenor de lo visto en el trailer promete ser, como mínimo, espectacular. Los que amamos la naturaleza y todavía nos emocionamos al ver la naturaleza en estado puro no tenemos más remedio que ponernos a la cola en el cine y ver esta película una y otra vez, una y otra vez...
Os dejo los dos trailer para abrir boca...
¿Quién se viene al cine?
Con un presupuesto impresionante y con un trabajo de cinco años el resultado, a tenor de lo visto en el trailer promete ser, como mínimo, espectacular. Los que amamos la naturaleza y todavía nos emocionamos al ver la naturaleza en estado puro no tenemos más remedio que ponernos a la cola en el cine y ver esta película una y otra vez, una y otra vez...
Os dejo los dos trailer para abrir boca...
¿Quién se viene al cine?
Etiquetas: Mi mundo
martes 16 de octubre de 2007
El Faro de Alejandría (II)
Pese a un comentario en el que se me invitaba a abandonar el relato por ser aburrido, me he decidido a continuar con la segunda parte del mismo. Sigo desarrollando el cuento y lo dejo abierto para la tercera y última entrega. A ver qué os parece. Me permito recordaros que no es más que un esbozo de lo que será el texto definitivo así que me vendría bien cualquier tipo de sugerencia o error que percibáis.
La soledad es mi compañera de fatigas. Miro hacia el mar y nunca consigo ver nada en el horizonte. Por las noches me encuentro con las estrellas y les pregunto acerca de mis antepasados y sobre mi futuro. Paseo con mi lanza tras los muros, buscando a un enemigo que nunca aparece, con el alma apagada, esperando a alguien, esperando un momento que no llega. El tiempo se detiene y las horas son eternas. Estoy solo rodeado de miles de personas.
Soy uno de los guardas reales del Faro de Alejandría. No quiero desvelar mi nombre, pues somos pocos y pronto descubrirían quien es el autor de estas líneas. Nuestra misión es simple: otear el horizonte en busca de novedades, avisar en cuanto una embarcación se asome por nuestros dominios y defender con nuestras vidas el sagrado recinto de la luz eterna, donde descansa el fuego que ilumina desde siempre y para siempre los destinos de Egipto.
Fui entrenado desde niño para llevar a cabo mi labor. Dicen que tuve suerte. Somos hijos de esclavos que cumplimos con una misión divina. Mi destino lógico habría sido la de atender el hogar de algún sacerdote o de algún funcionario real. Con un poco de mala suerte me habría tocado cualquiera de esos tiranos que someten a palos a todos sus esclavos, que los violan y maltratan y a los que de vez en cuando matan como mero placer o como excusa de algo que ellos mismos han hecho mal.
Mi fuerte constitución como recién nacido me dio la posibilidad de entrar en el ejército desde el primer día de mi vida. Así, soy soldado desde siempre. Nos alimentaron bien, nos cuidaron, nos enseñaron a leer y a escribir y por supuesto, nos convirtieron en máquinas perfectas para el arte de la guerra. Mi puesto normal es el de lancero, pero puedo conducir un carro si es necesario o batirme con la espada contra cualquier enemigo.
Por mis méritos en el campo de batalla fui ascendido varias ocasiones pero mi condición de hijo de esclavo me impide aspirar a un puesto entre los consejeros militares y los oficiales. De este modo, fui enviado al Faro de Alejandría para formar parte de la unidad de élite que protege el fuego sagrado y los secretos mejor guardados que se esconden tras sus muros. Hay quien dice que es un honor, hay quien dice (en voz baja) que somos presos en una cárcel sagrada.
Nunca me he quejado abiertamente, pero este destino está matando mi espíritu guerrero. Estoy solo, mi vida se pierde como un recuerdo difuso. Me veo incapaz de detener la rueda del destino. Agarro con fuerza mi lanza cuando miro hacia el mar y sueño con que algo ocurrirá dentro de poco, algo que ponga fin a mi soledad, que me saque de esta prisión en la que vivo. Esta soledad, que es un pozo amargo sin fin.
Hace un año tuve un sueño. Soñé con un barco. Era una embarcación pequeña, con un solo tripulante, el mar era de oro y el cielo era de mil colores. Todo era extraño. Todo, excepto el tripulante de aquel navío misterioso, se mostraba ante mí de forma difusa. Era un ser diabólico. Tenía los ojos rasgados, el pelo negro como el infierno. Su boca podrida sólo dejaba entrever unos pocos dientes y sus brazos eran largos y huesudos. Mi primera visión de él era clara. Estaba luchando contra un tiburón. La refriega fue brutal, pero al final, aquel extraño ser consiguió derrotar al pez clavándole un cuchillo y rajándole de arriba abajo. Desperté cuando me pareció oler la sangre y el agua salada entremezcladas en mi propia boca. Desde aquella noche, siempre sueño con este extraño ser. No me he atrevido a contárselo a nadie.
La soledad es mi compañera de fatigas. Miro hacia el mar y nunca consigo ver nada en el horizonte. Por las noches me encuentro con las estrellas y les pregunto acerca de mis antepasados y sobre mi futuro. Paseo con mi lanza tras los muros, buscando a un enemigo que nunca aparece, con el alma apagada, esperando a alguien, esperando un momento que no llega. El tiempo se detiene y las horas son eternas. Estoy solo rodeado de miles de personas.
Soy uno de los guardas reales del Faro de Alejandría. No quiero desvelar mi nombre, pues somos pocos y pronto descubrirían quien es el autor de estas líneas. Nuestra misión es simple: otear el horizonte en busca de novedades, avisar en cuanto una embarcación se asome por nuestros dominios y defender con nuestras vidas el sagrado recinto de la luz eterna, donde descansa el fuego que ilumina desde siempre y para siempre los destinos de Egipto.
Fui entrenado desde niño para llevar a cabo mi labor. Dicen que tuve suerte. Somos hijos de esclavos que cumplimos con una misión divina. Mi destino lógico habría sido la de atender el hogar de algún sacerdote o de algún funcionario real. Con un poco de mala suerte me habría tocado cualquiera de esos tiranos que someten a palos a todos sus esclavos, que los violan y maltratan y a los que de vez en cuando matan como mero placer o como excusa de algo que ellos mismos han hecho mal.
Mi fuerte constitución como recién nacido me dio la posibilidad de entrar en el ejército desde el primer día de mi vida. Así, soy soldado desde siempre. Nos alimentaron bien, nos cuidaron, nos enseñaron a leer y a escribir y por supuesto, nos convirtieron en máquinas perfectas para el arte de la guerra. Mi puesto normal es el de lancero, pero puedo conducir un carro si es necesario o batirme con la espada contra cualquier enemigo.
Por mis méritos en el campo de batalla fui ascendido varias ocasiones pero mi condición de hijo de esclavo me impide aspirar a un puesto entre los consejeros militares y los oficiales. De este modo, fui enviado al Faro de Alejandría para formar parte de la unidad de élite que protege el fuego sagrado y los secretos mejor guardados que se esconden tras sus muros. Hay quien dice que es un honor, hay quien dice (en voz baja) que somos presos en una cárcel sagrada.
Nunca me he quejado abiertamente, pero este destino está matando mi espíritu guerrero. Estoy solo, mi vida se pierde como un recuerdo difuso. Me veo incapaz de detener la rueda del destino. Agarro con fuerza mi lanza cuando miro hacia el mar y sueño con que algo ocurrirá dentro de poco, algo que ponga fin a mi soledad, que me saque de esta prisión en la que vivo. Esta soledad, que es un pozo amargo sin fin.
Hace un año tuve un sueño. Soñé con un barco. Era una embarcación pequeña, con un solo tripulante, el mar era de oro y el cielo era de mil colores. Todo era extraño. Todo, excepto el tripulante de aquel navío misterioso, se mostraba ante mí de forma difusa. Era un ser diabólico. Tenía los ojos rasgados, el pelo negro como el infierno. Su boca podrida sólo dejaba entrever unos pocos dientes y sus brazos eran largos y huesudos. Mi primera visión de él era clara. Estaba luchando contra un tiburón. La refriega fue brutal, pero al final, aquel extraño ser consiguió derrotar al pez clavándole un cuchillo y rajándole de arriba abajo. Desperté cuando me pareció oler la sangre y el agua salada entremezcladas en mi propia boca. Desde aquella noche, siempre sueño con este extraño ser. No me he atrevido a contárselo a nadie.
Etiquetas: Relatos
sábado 13 de octubre de 2007
De boda...
Ya casi recuperado de mi resfriado de rigor, me paso por aquí rápidamente para anunciar un nuevo retraso para la siguiente entrada. Esta tarde sería la indicada para dedicarla en la segunda parte del relato que he dejado a mitad pero en mi agenda hay una cita mucho más importante.
Los primotes, o mejor dicho... aunque sea por una vez... Antonio Soler y María Gallego... se casan esta tarde. Es una de las parejas de mi grupo, la segunda que da el paso de casarse y por lo tanto no haré otra cosa que no sea participar en el día más importante de sus vidas y desearles todo lo mejor en esta andadura que han decidido iniciar.
Por lo tanto, deseándoles todo lo mejor, dejo esta nueva entrada prometiendo (una vez más) que para el lunes o el martes de la próxima semana dejaré algo nuevo...
Si os portáis bien, a lo mejor hasta cuelgo alguna foto del bodorrio...
¡Vivan los novios!
Los primotes, o mejor dicho... aunque sea por una vez... Antonio Soler y María Gallego... se casan esta tarde. Es una de las parejas de mi grupo, la segunda que da el paso de casarse y por lo tanto no haré otra cosa que no sea participar en el día más importante de sus vidas y desearles todo lo mejor en esta andadura que han decidido iniciar.
Por lo tanto, deseándoles todo lo mejor, dejo esta nueva entrada prometiendo (una vez más) que para el lunes o el martes de la próxima semana dejaré algo nuevo...
Si os portáis bien, a lo mejor hasta cuelgo alguna foto del bodorrio...
¡Vivan los novios!
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jueves 11 de octubre de 2007
Estoy malooooo...
Justo hoy que me iba a poner a actualizar la bitácora me ha atacado un virus y tengo una flojera descomunal y ningunas ganas de ponerme a escribir. Paso por aquí sólo para avisaros que no me olvido de mi querida bitácora... tampoco me olvido del tonto que me dejó el anónimo en la entrada anterior y que, como era de esperar, todavía no ha dado la cara.
Pues eso... que en cuanto me recupere me pondré otra vez...
Saludos a todos!
Pues eso... que en cuanto me recupere me pondré otra vez...
Saludos a todos!
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jueves 4 de octubre de 2007
El Faro de Alejandría (I)
Primera parte de un esbozo de relato en el que estoy trabajando. Me interesan las opiniones, los posibles errores que hayáis detectado y alguna sugerencia. Saludos.
No tengo nombre. No sé si alguna vez lo tuve y se me ha olvidado. Desconozco si con el paso de los años, mi nombre se ha transformado en un silencio eterno o si realmente llegué a este mundo de forma casual, sin nadie que me recogiera y tuviera la delicadeza de, al menos, decirme cómo me deberían de llamar mis semejantes.
No guardo recuerdos de infancia ni de adolescencia. La primera imagen nítida de mi vida es la de un tiburón a punto de devorarme. Aparezco luchando contra él, sintiendo que se escapaba mi vida entre sus dentelladas, oliendo mi sangre y la suya entremezcladas y escuchando el batir del agua en medio de la refriega. Finalmente, mi cuchillo se clava directamente en su cuerpo y consigo rajar al escualo de arriba abajo. Ahí, se acaba la lucha. Los órganos del animal se expanden por el mar y yo, exhausto, me desplazo hasta mi embarcación para curarme las muchas heridas que rodean todo mi cuerpo. Es curioso que el primer recuerdo de mi vida sea tan cercano a la muerte.
Mi barco tampoco tiene nombre. Necesita de una sola persona para ser gobernado. Cuento con todo lo necesario para seguir recorriendo el mundo y todos sus mares hasta que dé con mi destino. No sé cómo aparecí en este mundo, ni que fuerzas mayores me han traído hasta aquí pero sé que tras curarme de las heridas del tiburón fui a descansar a mi camarote y allí encontré mi libro de anotaciones. En la primera página hallé el motivo central de mi singladura. De forma directa y sin ningún tipo de contraorden o cláusula, se me indicaba que tenía la misión de encontrar el afamado Faro de Alejandría. Debía dar con él, conocer a las gentes del lugar, anotar todas las impresiones que me causara tanto el edificio como el entorno que lo rodeaba, tomar sus medidas, dibujarlo y conocer al arquitecto que le dio forma. Una vez que diera con él, por las buenas o por las malas, tendría que llevarlo ante mi rey.
Y en ello estoy. Enfrentándome a la inmensidad del mar. Recorriendo cada día nuevas costas y arriesgando mi vida cada vez que tengo que entrar en tierra para conseguir agua potable y alimentos. Desde mi enfrentamiento con el tiburón, los recuerdos se agolpan uno tras otro pero no consigo recordar nada anterior. Es imposible. No veo la figura de mi rey, ni mi casa (si es que la tengo), ni mi patria, ni los míos y por tanto también desconozco la ruta que me llevará hasta mi hogar. Pasan los días, los meses y los años y sigo buscando de forma incansable el Faro de Alejandría. El haz de luz que me recuerde quién soy y de donde vengo. El rayo de esperanza.
En mi búsqueda incansable he dado con hombres de diversas razas, he visto muchas veces la muerte ante mí y he pasado por penurias inimaginables. La peor de todas la encontré en la selva. Apremiado por la sed y el hambre, perdí el miedo a llegar hasta la costa y ganar metros a la tierra para alcanzar un manantial en el que saciarme y llenar mis barriles de agua. Cuando ya había pasado media jornada de caminata percibí el ruido claro y limpio de una corriente. No tuve que andar demasiado hasta que di con un pequeño riachuelo. Sin pensarlo, sin tomar ningún tipo de precaución bebí y bebí de aquella agua cristalina y sin recordar cómo, caí en un sueño profundo y en la más absoluta de las oscuridades.
Mi sensación es que pasaron varios días antes de que despertara aunque no puedo asegurarlo. Cuando abrí los ojos tardé unos segundos en darme cuenta de mi nueva realidad. Me encontraba en una estancia de piedra, cuadrada, sin puertas ni ventanas. Tan sólo veía en el techo un tragaluz con barrotes por el que apenas podría pasar el cuerpo de un hombre adulto. No entendía mi situación pero supuse que aprovechando mi descuido había sido emboscado en la selva y llevado a aquella cárcel de piedra y acero. Casi como si alguien hubiera advertido que me acababa de despertar, una sombra apareció en el tragaluz y en mi propio idioma me dijo si tenía hambre y sed. Era la primera vez, al menos que yo recuerde, que alguien se dirigía a mí con unas palabras que yo entendiera a la perfección. Fue tal mi sorpresa que tardé en reaccionar. Por segunda vez, aquella sombra repitió su oferta y en ese momento me percaté de que estaba sediento y hambriento así que sin dudar le respondí y le pedí agua y alimento. Pocos segundos después, los barrotes de acero del tragaluz desaparecieron y atado a una cuerda bajó un barril con agua y comida suficiente para varios días. Cuando lo saqué todo, el barril subió y desapareció por el ventanuco y enseguida se mostraron de nuevo los barrotes que me impedirían cualquier intento o sueño de fuga.
No tengo nombre. No sé si alguna vez lo tuve y se me ha olvidado. Desconozco si con el paso de los años, mi nombre se ha transformado en un silencio eterno o si realmente llegué a este mundo de forma casual, sin nadie que me recogiera y tuviera la delicadeza de, al menos, decirme cómo me deberían de llamar mis semejantes.
No guardo recuerdos de infancia ni de adolescencia. La primera imagen nítida de mi vida es la de un tiburón a punto de devorarme. Aparezco luchando contra él, sintiendo que se escapaba mi vida entre sus dentelladas, oliendo mi sangre y la suya entremezcladas y escuchando el batir del agua en medio de la refriega. Finalmente, mi cuchillo se clava directamente en su cuerpo y consigo rajar al escualo de arriba abajo. Ahí, se acaba la lucha. Los órganos del animal se expanden por el mar y yo, exhausto, me desplazo hasta mi embarcación para curarme las muchas heridas que rodean todo mi cuerpo. Es curioso que el primer recuerdo de mi vida sea tan cercano a la muerte.
Mi barco tampoco tiene nombre. Necesita de una sola persona para ser gobernado. Cuento con todo lo necesario para seguir recorriendo el mundo y todos sus mares hasta que dé con mi destino. No sé cómo aparecí en este mundo, ni que fuerzas mayores me han traído hasta aquí pero sé que tras curarme de las heridas del tiburón fui a descansar a mi camarote y allí encontré mi libro de anotaciones. En la primera página hallé el motivo central de mi singladura. De forma directa y sin ningún tipo de contraorden o cláusula, se me indicaba que tenía la misión de encontrar el afamado Faro de Alejandría. Debía dar con él, conocer a las gentes del lugar, anotar todas las impresiones que me causara tanto el edificio como el entorno que lo rodeaba, tomar sus medidas, dibujarlo y conocer al arquitecto que le dio forma. Una vez que diera con él, por las buenas o por las malas, tendría que llevarlo ante mi rey.
Y en ello estoy. Enfrentándome a la inmensidad del mar. Recorriendo cada día nuevas costas y arriesgando mi vida cada vez que tengo que entrar en tierra para conseguir agua potable y alimentos. Desde mi enfrentamiento con el tiburón, los recuerdos se agolpan uno tras otro pero no consigo recordar nada anterior. Es imposible. No veo la figura de mi rey, ni mi casa (si es que la tengo), ni mi patria, ni los míos y por tanto también desconozco la ruta que me llevará hasta mi hogar. Pasan los días, los meses y los años y sigo buscando de forma incansable el Faro de Alejandría. El haz de luz que me recuerde quién soy y de donde vengo. El rayo de esperanza.
En mi búsqueda incansable he dado con hombres de diversas razas, he visto muchas veces la muerte ante mí y he pasado por penurias inimaginables. La peor de todas la encontré en la selva. Apremiado por la sed y el hambre, perdí el miedo a llegar hasta la costa y ganar metros a la tierra para alcanzar un manantial en el que saciarme y llenar mis barriles de agua. Cuando ya había pasado media jornada de caminata percibí el ruido claro y limpio de una corriente. No tuve que andar demasiado hasta que di con un pequeño riachuelo. Sin pensarlo, sin tomar ningún tipo de precaución bebí y bebí de aquella agua cristalina y sin recordar cómo, caí en un sueño profundo y en la más absoluta de las oscuridades.
Mi sensación es que pasaron varios días antes de que despertara aunque no puedo asegurarlo. Cuando abrí los ojos tardé unos segundos en darme cuenta de mi nueva realidad. Me encontraba en una estancia de piedra, cuadrada, sin puertas ni ventanas. Tan sólo veía en el techo un tragaluz con barrotes por el que apenas podría pasar el cuerpo de un hombre adulto. No entendía mi situación pero supuse que aprovechando mi descuido había sido emboscado en la selva y llevado a aquella cárcel de piedra y acero. Casi como si alguien hubiera advertido que me acababa de despertar, una sombra apareció en el tragaluz y en mi propio idioma me dijo si tenía hambre y sed. Era la primera vez, al menos que yo recuerde, que alguien se dirigía a mí con unas palabras que yo entendiera a la perfección. Fue tal mi sorpresa que tardé en reaccionar. Por segunda vez, aquella sombra repitió su oferta y en ese momento me percaté de que estaba sediento y hambriento así que sin dudar le respondí y le pedí agua y alimento. Pocos segundos después, los barrotes de acero del tragaluz desaparecieron y atado a una cuerda bajó un barril con agua y comida suficiente para varios días. Cuando lo saqué todo, el barril subió y desapareció por el ventanuco y enseguida se mostraron de nuevo los barrotes que me impedirían cualquier intento o sueño de fuga.
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martes 2 de octubre de 2007
Barcelona 2005: U2
Nunca he sido (ni creo que lo sea a día de hoy) gran fan de ningún grupo de música ni de ningún cantante en particular. Me gusta un poco todo con las clásicas excepciones del reaggeton y el bakalao entre otras, a cuyos amantes respeto pero no entiendo.
Nunca investigué en la historia de la música, ni me detuve en las trayectorias de diferentes tendencias y grupos. Suelo quedarme atrás cuando una conversación de música se vuelve demasiado densa, aunque por regla general intento escuchar por aquello de aprender y tal de los que se supone que algo saben (sí, estoy hablando de ti... Felipe).
Pero dentro de mi inopia musical hay un grupo que, como no podía ser de otra forma, es la excepción que confirma la regla: U2. Las raíces de mi gusto por este grupo en concreto hay que buscarlas en mi amistad (casi se queda corta la palabra amistad) con el gran Pablo Baeza y, por supuesto, con su hermano... el Quiquín. Ellos, casi sin querer, me mostraron la grandeza de un grupo que con el paso de los años se ha demostrado como una de las grandes referencias de la música de finales del siglo XX y principios del siglo XXI.
Algo descubrí en este grupo que me llamó la atención. Primero te entran con sus canciones ya clásicas (With or without you, One, The streets have no name o Sunday bloody sunday...) por poner algunos ejemplos. Poco a poco, sus letras te van llenando, vas descubriendo pequeños secretos, te vas dando cuenta de que U2 intenta casi siempre ir un poquito más allá. Y por eso, casi desde el primer día... me engancharon.
Así que llegado el verano de 2005 y con la gira Vertigo Tour de paso por España, no podíamos dejar pasar la oportunidad de verlos en directo. Barcelona era nuestro destino. La expedición la formamos Pablo, María, el Moro, el Manu, Cristina, Jorge y un servidor(menudo equipazo). Del concierto podía escribir un libro. Imaginaros el Camp Nou a reventar, con casi 90.000 personas, un espectáculo de luz y de sonido y U2 en plena forma presentando las canciones de su último disco y rememorando algunos de sus mejores temas. Tuve los pelos de punta desde que empezó el concierto casi casi hasta el día siguiente, pero en dos momentos concretos incluso reconozco que las lágrimas resbalaron por mi rostro. El primero fue con la interpretación sencillamente impresionante de Bono de Miss Sarajevo... que no pasa por ser una de mis canciones favoritas de U2, pero que en aquella noche de verano me atravesó el corazón:
El segundo gran momento es la interpretación de Sometimes you can't make it on your own, una canción que Bono escribió a su padre mientras este moría en el hospital. Parece que cuando estamos mal encontramos el mejor camino de la inspiración. La canción, posiblemente la mejor del último disco, es sencillamente impresionante. No os perdáis el momento en el que Bono dice "You are the reason why de opera is in me":
Cada canción tuvo algo para recordar siempre, pero tampoco se trata de aburrir, porque podría poner todas las canciones de concierto porque en cada una hubo algo que destacar: cuando pidió que todos encendieran la luz del móvil y con esa vista impresionante cantó One, cuando todo el público tarareó el estribillo de I Still haven't found what i'm lloking for o el final de Pride, al princpio cuando dijo eso de "uno, dos, tres .... catorce!!!"...
Supongo que en un futuro no muy lejano volverán a España. Allí estaré, una vez más, para volver a disfrutar con ellos porque en aquella noche de verano pasé... sin lugar a dudas... uno de los mejores momentos de mi vida.
Apunte sobre los videos: ambos son del concierto de Milán ya que allí se produjo un DVD y tiene mucha más calidad que todo lo que hay por ahí de Barcelona que está hecho con cámaras particulares. Además, la interpretación viene a ser la misma en ambas canciones. Fijaros cuando Bono canta en italiano en Miss Sarajevo, cómo flipa el personal.
Nunca investigué en la historia de la música, ni me detuve en las trayectorias de diferentes tendencias y grupos. Suelo quedarme atrás cuando una conversación de música se vuelve demasiado densa, aunque por regla general intento escuchar por aquello de aprender y tal de los que se supone que algo saben (sí, estoy hablando de ti... Felipe).
Pero dentro de mi inopia musical hay un grupo que, como no podía ser de otra forma, es la excepción que confirma la regla: U2. Las raíces de mi gusto por este grupo en concreto hay que buscarlas en mi amistad (casi se queda corta la palabra amistad) con el gran Pablo Baeza y, por supuesto, con su hermano... el Quiquín. Ellos, casi sin querer, me mostraron la grandeza de un grupo que con el paso de los años se ha demostrado como una de las grandes referencias de la música de finales del siglo XX y principios del siglo XXI.
Algo descubrí en este grupo que me llamó la atención. Primero te entran con sus canciones ya clásicas (With or without you, One, The streets have no name o Sunday bloody sunday...) por poner algunos ejemplos. Poco a poco, sus letras te van llenando, vas descubriendo pequeños secretos, te vas dando cuenta de que U2 intenta casi siempre ir un poquito más allá. Y por eso, casi desde el primer día... me engancharon.
Así que llegado el verano de 2005 y con la gira Vertigo Tour de paso por España, no podíamos dejar pasar la oportunidad de verlos en directo. Barcelona era nuestro destino. La expedición la formamos Pablo, María, el Moro, el Manu, Cristina, Jorge y un servidor(menudo equipazo). Del concierto podía escribir un libro. Imaginaros el Camp Nou a reventar, con casi 90.000 personas, un espectáculo de luz y de sonido y U2 en plena forma presentando las canciones de su último disco y rememorando algunos de sus mejores temas. Tuve los pelos de punta desde que empezó el concierto casi casi hasta el día siguiente, pero en dos momentos concretos incluso reconozco que las lágrimas resbalaron por mi rostro. El primero fue con la interpretación sencillamente impresionante de Bono de Miss Sarajevo... que no pasa por ser una de mis canciones favoritas de U2, pero que en aquella noche de verano me atravesó el corazón:
El segundo gran momento es la interpretación de Sometimes you can't make it on your own, una canción que Bono escribió a su padre mientras este moría en el hospital. Parece que cuando estamos mal encontramos el mejor camino de la inspiración. La canción, posiblemente la mejor del último disco, es sencillamente impresionante. No os perdáis el momento en el que Bono dice "You are the reason why de opera is in me":
Cada canción tuvo algo para recordar siempre, pero tampoco se trata de aburrir, porque podría poner todas las canciones de concierto porque en cada una hubo algo que destacar: cuando pidió que todos encendieran la luz del móvil y con esa vista impresionante cantó One, cuando todo el público tarareó el estribillo de I Still haven't found what i'm lloking for o el final de Pride, al princpio cuando dijo eso de "uno, dos, tres .... catorce!!!"...
Supongo que en un futuro no muy lejano volverán a España. Allí estaré, una vez más, para volver a disfrutar con ellos porque en aquella noche de verano pasé... sin lugar a dudas... uno de los mejores momentos de mi vida.
Apunte sobre los videos: ambos son del concierto de Milán ya que allí se produjo un DVD y tiene mucha más calidad que todo lo que hay por ahí de Barcelona que está hecho con cámaras particulares. Además, la interpretación viene a ser la misma en ambas canciones. Fijaros cuando Bono canta en italiano en Miss Sarajevo, cómo flipa el personal.
Etiquetas: Mi mundo
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