sábado 21 de octubre de 2006

 

Roger Federer, el tenis


El tenista suizo Roger Federer va camino de convertirse en el más grande de todos los tiempos. Bajo mi punto de de vista, en cuanto a clase y categoría ya lo es, pero sólo falta que los títulos le den la razón.
Dicen que su punto débil es la tierra batida pero lo cierto es que el único jugador que ha conseguido batirle con frecuencia en esta superficie es Rafa Nadal, seguramente junto a Vilas, el mejor sobre esta superficie de los últimos cincuenta años. Federer sueña con el Grand Slam (ganar en el mismo año Australia, Roland Garros, Wimbledon y Estados Unidos). Esta temporada lo ha rozado y seguro que alguna vez lo conseguirá. Seguramente es lo único que le falta para ser el más grande y consolidarse como un mito del deporte. Si no ganas en París, siempre falta algo.



Y es que de poco sirve ser el mejor en hierba si no rindes en arcilla. Pete Sampras dominó durante muchos años el circuito ATP pero en mi opinión no merece estar entre los mejores porque nunca fue nadie en Roland Garros. Andre Agassi, recientemente retirado, siempre será recordado. Durante años y años ganó en todos los lugares del mundo y en cualquier superficie. Fue muy grande en la pista.
Pero lo de Federer es otra dimensión. Nació para jugar al tenis. Cualquiera de sus golpes es toda una lección en movimiento de cómo se tiene que jugar. Tiene un ‘drive’ perfecto, un revés exquisito, saca como los mejores, tiene un resto mortal y, sobre todo, mantiene la cabeza fría durante todo el partido. Es un caballero dentro y fuera de la pista. Son raros los alardes en él. Sonríe para celebrar grandes puntos y pierde con una dignidad impropia de un genio como él. Seguramente si reuniéramos varias piezas para armar al tenista perfecto el resultado sería muy parecido al suizo.
Lo mejor de todo es que su mejor juego haya coincidido en el tiempo con otro genio (aunque a otra altura) como Rafa Nadal. El español es otro corte de tenista (que a mí me gusta menos) pero la antítesis entre ambos nos ha regalado ya varias finales para el recuerdo.



Nota del vídeo: He cambiado este vídeo porque el anterior no se veía del todo bien. Éste es un recopilatior de varios de los mejores golpes de Federer. Viene a ser una muestra de que el suizo no destaca por su revés ni por su 'drive' ni por su velocidad, destaca por todo. Es un vídeo que abre una pregunta que todavía no está cerrada. ¿Es Federer el mejor jugador de todos los tiempos?


No hay mejor ejemplo que ver lo que han dicho de él los grandes:
"Es casi ridículo lo bueno que es", Marc Rosset, medalla de oro en Barcelona’92
"No hay problema en ser el segundo cuando el primero es Federer", Rafa Nadal
"Hace todo bien y un montón de cosas genial. Juega de forma preciosa", Andre Agassi
"Nadal es pasión y Federer el que todos quisieran ser", Jimmy Connors
"Roger Federer es quizás el mayor talento en la historia del tenis, y eso por decir algo... Es el mejor jugador y el más completo que haya visto jamás" , John McEnroe
"La única manera segura de ganar a Federer es darle con una raqueta en la cabeza", Rod Laver

Y no hay mejor ejemplo aún que ver lo que dice de sí mismo:
"Disfruto siendo el gran favorito”





Nota a este último vídeo: Minerva, habrás visto que he elegido un vídeo concreto en el que se ve bien grande la publicidad de KIA. Todo por la causa.

Federer es el tenis. Clase, contundencia, estilo… tenis.

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martes 17 de octubre de 2006

 

Moscú 2005... Una experiencia para toda la vida


En marzo de 2005 acudí a Moscú para cubrir la segunda fase de la UEFA Futsal. ElPozo Murcia buscaba una plaza en la final de la Copa de Europa y se medía al Dorozhnik de Minsk, al Shaktar Donestk y al Dínamo de Moscú (toma castaña) y una serie de periodistas murcianos viajamos con el equipo para cubrir la noticia.
En mi caso, con 25 años había tenido pocas oportunidades de viajar como periodista y nunca había estado tan lejos de casa. Fue una experiencia personal y profesional.

En lo personal me sirvió para conocer un país que, a pesar de una cierta occidentalización, se resiste a ser engullido por una tendencia europeísta. Rusia quiere seguir siendo Rusia y eso se nota en la mirada orgullosa y altiva de muchos de sus habitantes. Moscú dejó en mí una huella profunda. El peso de la historia de una ciudad que no hace mucho era considerada en nuestro mundo como el origen del mal. Desde fuera, Moscú era el eje del mal.

Una vez allí todo cambia y aunque ya estamos algo alejados de la época comunista se nota que a los rusos en general y a los moscovistas en particular, les cuesta poner en marcha la maquinaria de un país gigante cuyo poder sigue centralizado.

Hablé con alguno de mis colegas periodistas sobre el asunto y recuerdo alguna reflexión interesante. Me dijo uno de ellos que Rusia vive en una encrcijada vital para su historia. Se encuentra en un momento en el que pude mirar hacia Europa, acercarse a ella y asumir sus raíces europeas para unir su destino al viejo continente. Puede encerrarse de nuevo en sí misma. Rusia siempre ha sido grande y un ruso podría pensar que no hace falta la ayuda de nadie para volver a serlo. Queda una tercera opción que sería un acercamiento más decidido a Asia. El mercado chino, el indio, una alianza con Japón y mayor protagonismo en el sudeste asiático podrían convertir a Rusia en líder y motor del destino del mayor continente del mundo. La decisión de Rusia marcará su futuro. En mi opinión, creo que no tomarán una vía única y que conserverán los valores de las tres. Creo que sería lo más acertado.

Desde el punto de vista profesional, para mí fue un soplo de aire fresco. Recordé que amo el periodismo, que me encanta contar historias, que disfruto estando en la noticia, escribiendo y hablando sobre ella y haciendo llegar a los murcianos todos los detalles de la actualidad. Allí, a miles de kilómetros de casa, con mi portátil como aliado y escribiendo las crónicas de los partidos era feliz. Sentía en cada minuto la presión por que todo llegara bien a la redacción, por tener buenas fotos, por hacer un trabajo completo e interesante. Recordé que quería ser periodista.

Moscú marcó un antes y un después en mi vida personal y profesional. Nunca olvidaré que allí volví a nacer como periodista.

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sábado 14 de octubre de 2006

 

Lección de publicidad argentina

No pude colgar el anuncio de BMW de Bruce Lee por problemas de derechos de autor pero este de Quilmes parece que sí está admitido.

Conviene verlo varias veces. Hay que disfrutar con el locutor italiano, con el momento histórico que se muestra y con la mala leche que tienen los argentinos. Un pedazo de anuncio que ya está entre los clásicos.


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Recupero el pulso

Salgo de Blogia porque unas veces sí y otras también me fallaba. Recupero las últimas entradas por si alguien quiere rescatar algo de lo dicho anteriormente.

Los matemáticos

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"En la circunferencia, el comienzo y el fin coinciden." Heráclito (c.544-480 a. C.); filósofo griego

Todo es explicable a través de los números. No existe nada en el Universo que escape a esta verdad inmortal. Con esta idea, jamás discutida, se fundó la Escuela de Matemáticas. En ella, pensadores de todos los rincones del mundo compondrían el esquema básico de todo lo conocido expresado en números.

Ellos, que no eran estúpidos, sabían que ningún hombre sería capaz de terminar esta tarea en una vida. Ni cien hombres en cien vidas podrían terminarla. Por ello, y con el objetivo de crear la ecuación universal que diera una explicación racional de todo, se dio vida a la escuela. En ella se irían estableciendo todas las fórmulas matemáticas de todo lo que es parte de este mundo.

Se creó un consejo fundador formado por los diez matemáticos más importantes del momento. Hace ya más de mil doscientos años de esto. En él se establecieron las normas de comportamiento de todos los investigadores y las pautas de trabajo. Entre las normas, destacaban dos. El número Pi es sagrado y todo es explicable a través de los números. El resto de normas eran incluso evitables pero estas dos podrían incluso costarle la vida a aquel que las pusiera en duda alguna vez.

Se sabe de un tal Felonias que en la biblioteca discutiendo con un compañero, golpeó la mesa y entre lágrimas exclamó que los números no podrían explicar jamás el dolor que sintió al ver a su mujer en brazos de otro hombre. Felonias fue ejecutado cuando el consejo le mostró la fórmula matemática que demostraba que su dolor, generado a través de una ecuación, era explicable en términos cuánticos. Asumió su culpa y aceptó la ejecución.

Hace algunos años se replanteó el modelo a seguir porque muchos pensaban que la Escuela jamás podría terminar la ecuación universal sin tener en cuenta las ecuaciones perdidas del pasado y las ecuaciones venideras del futuro. Era explicable por medio de los números el maullido de un gato actual, pero no se podrían contemplar los miles de millones (casi infinitos) de maullidos que la historia ha registrado y que los matemáticos no han podido documentar dentro de su edificio del conocimiento. Teniendo en cuenta este pequeño ejemplo, cualquiera de los matemáticos podría deducir que la cantidad de datos extraídos era irrisoria comparada con la de datos que se fueron perdiendo, que se pierden y que se perderán. Tan grande es su número, que tiende a infinito. La ecuación universal, mediante un sistema tan rudimentario, jamás sería posible. Era necesaria una percepción global de todo el Universo para llevar a cabo la tarea. Pero no bastaría una visión del Universo actual. Sería necesario contemplarlo en todas sus formas y en todos sus momentos desde que es y hasta el final.

Ante una sentencia así sólo cabía un camino: empezar de nuevo. Sin destruir el trabajo realizado, que se guardó por su interés documental y por el recuerdo del fallo cometido se inició el debate. Las normas seguían siendo las mismas. Y si Pi es sagrado y todo es explicable a través de los números, sería el número Pi el que abriera el camino hacia la ecuación universal. Concluyó uno de los matemáticos que Pi es el disfraz de Dios, en el que se esconde para dar la respuesta a la gran ecuación. Si todo estaba detrás de ese número, si todo lo que el Universo ha sido, es y será, se hallaba oculto bajo una sucesión interminable de números, bastaría recorrer la sucesión infinita que lo compone para encontrar lo que se busca, para encontrar a Dios y que sea él quien dicte la ecuación universal.

Allí, los matemáticos descubrieron cómo se originó el Universo. Sin salir de su asombro vieron el inicio del mundo y el nacimiento de las estrellas. Contemplaron las crecidas de los ríos y los viajes de los aventureros. En la mayoría de las ocasiones quedaban perdidos en la oscuridad pero cuando uno de ellos encontraba la luz, llamaba al resto y los hacía partícipes de su descubrimiento. El nacimiento de unos gatos sagrados, las formas de las constelaciones desde otros planetas, la visión de un atardecer en Manila o el encuentro de dos viejos amigos en Murcia. La ecuación universal había sido hallada. No hacía falta intentar resolverla porque ya estaba ahí. Sólo había que interpretarla. Dios la puso ahí para que los matemáticos le descubrieran. La búsqueda de Dios era la búsqueda de la ecuación.

El disfraz de Dios le oculta dentro de la sucesión infinita. Dicen (aunque yo tengo mis reservas) que aquel que encuentre a Dios en Pi tendrá la capacidad durante unos segundos de ser el propio dios. Otros piensan que cuando Dios sea hallado, todo terminará y que la divinidad, harta del juego, iniciará otra vez la trama pero de una forma más compleja. Yo sé que no tienen razón. No tengo la más mínima intención de acabar con este juego, al menos por ahora, y tampoco me he planteado darles a ninguno de ellos la capacidad de ver a través de mis ojos. Creo que no lo podrían soportar.

Tal y como están las cosas y viendo que los matemáticos se aferran a la verdad de Pi y que se encuentran tan cerca de la verdad, voy a darles la oportunidad de encontrarme. Puede que lleve mil años más, o quizá haya que esperar mil millones de años, o quizá mucho más, pues estoy inmerso en el infinito pero mientras, la sucesión de Pi y todas sus cambiantes combinaciones me siguen y me persiguen hasta el fin de los días.


A Felipe Hernández Hernández

Sábado, 16 de octubre de 2004. Murcia.



El alabardero de Poitiers

El sol brillaba sobre el frío acero. Las miradas de fuego se cruzaban y chocaban como rayos y relámpagos. Un silencio tenso rodeaba toda la escena. La leve brisa primaveral, el sonido férreo de las armaduras y los relinchos de los caballos sudorosos eran los únicos sonidos que se percibían.
René formaba parte de la división de alabarderos del ejército francés. Había llegado desde Poitiers para servir a las órdenes del rey en tan crucial batalla. La noche anterior, el sargento de su destacamento había llegado con el plan a seguir. Como siempre, los alabarderos protegerían al grueso del ejército de las cargas de la temible caballería italiana. Los ballesteros y los arqueros tendrían que devolverles más tarde el favor alejando a los tercios viejos españoles. Si su unidad caía, el resto del ejército estaría en manos del rival.
La estrategia planteada era buena pero no era genial. No contenía ninguna maniobra inesperada con la que sorprender a las tropas imperiales. Además, tal y como estaba planteado el enfrentamiento, no había ninguna acción de emergencia en el caso de que el rival hiciera algo fuera de los común. René, como alabardero que era, sólo tenía una orden: no ceder ni un solo palmo.
El terreno era ligeramente inclinado. Las tropas francesas, apoyadas por algunos voluntarios ingleses y por mercenarios corsos, disfrutaban de una posición ventajosa ya que para ellos todo el camino era en bajada. El rey francés había dispuesto su ejército con un esquema básico. Una primera línea muy gruesa de alabarderos, en la que se encontraba René, apoyada en los flancos por los fieros mercenarios corsos. Apuntalando el poderío del despliegue, a ambos lados estaban los caballeros acompañados de los ballesteros franceses y de los siempre eficaces arqueros ingleses. Por detrás de la línea de alabarderos se levantaba el grueso del ejército francés, que contaba con unos cinco mil infantes.
A unos trescientos metros se levantaba el gran bastión del puño imperial. Una fuerza demoledora que sólo podría ser derrotada por el Emperador del Este. René podía distinguir algunas de las divisiones del ejército rival. En el centro, inconfundibles, se elevaban las grandes lanzas de los tercios viejos españoles. Su fiereza y disciplina ya eran famosas en toda Europa y a los rivales les temblaba el corazón cada vez que tenían que combatir contra ellos. Los españoles, que no eran más de dos mil, estaban apoyados en los lados por la caballería italiana y por delante se alzaba una línea completa de mercenarios alemanes.
El alabardero francés sospechaba que ante sus ojos no se mostraban todas las fuerzas que el Emperador podía reunir. Tal y como se presentaban ambos ejércitos, el enfrentamiento estaba igualado pero René pensaba que faltaba una parte de los nobles españoles que, acompañados por sus caballeros, estaban dando un rodeo. Seguramente, si así fuera, los exploradores franceses informarían de cualquier eventualidad.
A su alrededor, René percibía un cierto aire de pesimismo. Ante él se mostraban rostros tristes y decaídos. La desesperanza ante la fuerza imperial era notoria. Con todas sus fuerzas apretó los dientes, agarró su alabarda y miró al cielo. Entre sus pensamientos corrieron imágenes cruzadas, algunas sin sentido, otras cargadas de emociones. Como si de un águila se tratara, la mente de René voló sobre el campo de batalla hacia las fuerzas rivales y miró a los ojos a uno de los integrantes de los tercios viejos. El español se sintió observado y notó un extraño picor en el abdomen. La escena duró unos pocos segundos pero fueron suficientes para llenar de vigor el alma de René. Desde lo más profundo de su ser estalló un grito silencioso. Cuando recuperó su propia consciencia fijó la mirada en su alabarda. Medía cerca de metro y medio y estaba compuesta de un largo mango de madera que había que coger con ambas manos. En la parte final tenía una hoja de acero bien afilada a modo de hacha y coronando el arma, el temible punzón con el que debía derribar a los jinetes.
El acero de su arma tenía un brillo especial esa mañana. René pensó que era una especie de señal divina: Dios le iba a proteger en aquella batalla. Absorto en sus propios pensamientos, René tardó en darse cuenta de que el ejército imperial empezaba a moverse. Los tercios viejos tomaban posiciones y la caballería italiana se desplegó hacia los flancos. En cuestión de minutos, la lucha habría empezado.
Los sargentos de los diferentes regimientos de alabarderos dieron la orden de avanzar y René, dentro de su formación, se puso en marcha. La primera posición era situar a los alabarderos en tres líneas en forma de media luna. Por detrás, los ballesteros y los arqueros deberían atacar a los tercios viejos en cuanto estuvieran a tiro. La caballería protegía los flancos y la infantería aguardaba en la retaguardia el momento para cargar.
En apenas tres minutos ambos ejércitos ya estaban en formación de ataque. La distancia se había rebajado a doscientos metros, casi al límite del alcance de los arqueros ingleses. Sin una reunión diplomática en el centro del campo de batalla y sin apenas arengas, el ejército imperial inició el ataque. Los tercios viejos desplegaron sus fuerzas y los caballeros italianos desde sus flancos formaron una cuña gigante cuyo objetivo era destrozar el centro de los alabarderos franceses. Precisamente, en ese punto crítico esperaba René, preparado con su fiel alabarda. No tardó en darse cuenta de que el peso de la caballería italiana iba a caer en su zona. En pocos segundos las siluetas lejanas de los caballeros eran ya formas definidas de máquinas acorazadas sobre bestias infatigables. René clavó su mirada en uno de los caballeros que parecía apuntar hacia él.
La lucha era desigual. Aquel monstruo demoledor sólo tenía que pasar por encima de él para despedazarle. De súbito, la lucha entre miles de hombres se convirtió para René y aquel italiano en un mano a mano que podía regir el destino de la contienda. El tiempo se paró. René se puso en posición para cazar al jinete, que ya había preparado su lanza para atravesar al francés. Cuando apenas les separaban diez metros, René se percató de que podía estar viviendo sus últimos segundos. Y el miedo apareció en sus ojos.
El caballo italiano era una auténtica máquina de guerra. Aplastaba todo lo que se ponía a su paso y sólo un elefante o un muro de piedra podría detener su avance. Pero ahí estaba René, dispuesto a morir por su rey. El jinete se acercó como un destello en la noche y atacó por el lado izquierdo de René, con su lanza cruzada. El alabardero levantó su arma y golpeó con dureza al jinete. La acción fue demasiado arriesgada porque René había dejado su pecho al descubierto. El enemigo, justo al notar el frío acero de la alabarda de Poitiers penetrando en su abdomen, dio un golpe con su lanza encontrando el costado derecho de René. El francés hincó la rodilla derecha en el suelo y soltando la alabarda se llevó ambas manos a la herida. Sangraba pero no era grave. Una cicatriz más que añadir a su cuenta a favor de Francia. La carga no había terminado pero René tenía la sensación de que la batalla que se libraba a su alrededor no iba con él. Respiró hondo, reunión fuerzas y, recogiendo su alabarda, se reincorporó.
Buscó al jinete italiano que había derribado y lo encontró, tumbado de lado, rezando en voz baja y con los ojos cubiertos de lágrimas. Con una patada en el hombro lo puso boca arriba, le miró fijamente y le asestó un nuevo golpe. Esta vez, el punzón de la alabarda atravesó el esternón y cortó el suministro de oxígeno a los pulmones del moribundo. El caballero había muerto. René intentó sacar la alabarda del cuerpo sin vida pero no pudo. Parecía que desde la muerte el italiano se vengaba reteniendo su arma. René se puso encima del jinete, agarró el arma con ambas manos desde muy abajo y con todas sus fuerzas intentó arrancarla. El esternón cedió emitiendo un crujido estridente. De la herida brotó un manantial de sangre. El arma de René había sido liberada.

Hasta aquí llegan los dos últimos relatos que había publicado. Del primero cabe decir que no está cerrado y que se admiten cambios. del segundo, no hace falta comentar que está inacabado. También se aceptan propuestas.

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